El tratado se centró en delimitar las fronteras que mantendría cada nación tras la guerra, que se había desencadenado justamente por el descuerdo fronterizo entre el sultán y el sah.
El tratado definió la frontera entre los imperios safávida y el otomano y marcó el comienzo de un periodo de paz que duró veinte años.
Según lo estipulado, Armenia y Georgia fueron divididas en partes iguales entre los dos países.
Además, el Imperio otomano obtuvo la mayor parte de Irak, incluyendo Bagdad, lo que le dio acceso al golfo Pérsico, mientras que los persas conservaron su antigua capital de Tabriz y todos los demás territorios del noroeste, en el Cáucaso, que dominaban antes de la guerra.
La frontera así establecida atravesaba las montañas que dividen el este y el oeste de Georgia (con príncipes vasallos nativos), cruzaba Armenia, y pasaba por la vertiente occidental de los Zagros hasta el golfo Pérsico.